
En un pequeño reducto de Buenos Aires conocido como Teatro del Abasto,
suceden cosas extrañas. Una peste fatal, que fulmina a personas y animales
por igual, amenaza con llegar a la casa. Es aproximadamente 1900, principios
del siglo pasado, pero bien podría ser el Medioevo (o quizás
hasta este futurista principio de siglo
).
Todos los habitantes conviven en una atmósfera que ya pareciera estar
infectada. La peste próxima funciona casi como excusa para que se desaten
todo tipo de situaciones donde los sentimientos son expresados sin tapujos.
El tema de la obra recuerda al Decamerón de Bocaccio, que describe
detalladamente los efectos físicos, psicológicos y sociales
que la peste bubónica ejerció en Florencia a mediados del 1300.
A través de una serie de relatos y haciendo una analogía con
la putrefacción interior, se muestra que la peste funcionó como
una especie de disparador de los aspectos más bajos del hombre. Ante
la destrucción y muerte inminentes, la moral quedaba completamente
relegada y las pasiones se desataban. Nada importaba, solo vivir el momento.
El relato de la obra está ubicado en una estancia aristócrata
de las afueras de alguna ciudad. Allí vive un señor con dos
esposas y dos amas de llaves llamadas ambas Gertrudis (que casualmente significa
aquella que es fiel) y cuya duplicidad pareciera mostrar dos caras de lo mismo
-dos aspectos del amo reflejados en sus dos mujeres, dos formas de ser, dos
maneras de servir. A la casa llega un grupo de artistas callejeros que como
buenos trovadores traen las noticias de la ciudad apestada. Uno de ellos es
ciego y otro ve el futuro, una cita graciosa y desdoblada del mundo clásico
donde el ciego es justamente el vidente. Artistas visionarios que se mezclan
con los habitantes de la casa.
Un pintor va y viene tratando de retratar a las dos hermanas en un mural que
debe quedar para la posteridad.
Pero ¿qué es lo que finalmente quedará para el futuro?
¿Los restos de la corrupción? ¿El arte como algún
tipo de paliativo o redención?
Una de las esposas tiene los síntomas de la enfermedad y por tal motivo
es llamado el doctor. Pero las medicinas poco pueden hacer contra la corrupción
interior. El mal al que todos temen ya se ha instalado. ¿Y cuál
es este mal? ¿Es un mal vinculado a una clase? ¿Es la amenaza
de algo que viene a revertir una situación, a revolucionar lo establecido?
Cambia los cuerpos, las actitudes, las formas.
Llega el doctor que no cura nada, que con mentiras intenta sortear el momento.
¿Es la mentira una táctica para esquivar la crudeza de la realidad?
¿Qué pasa con estos personajes? ¿Qué es lo que
la peste devela? ¿Es el miedo a morir el que muestra las verdaderas
caras de la gente? ¿O es la degradación misma, como si fueran
capas de una cebolla que progresivamente se va pelando dejando ver su centro
duro?
La obra transcurre entre escenas que llevan a los personajes por el absurdo
y el grotesco, con actuaciones a veces un poco exageradas pero que entretejen
este mundo delirante al que la peste permite ser. Se destaca la actriz que
encarna a la hermana 'sana'. Con su conjunción de alta sociedad e ingenua
ignorancia (por no decir evasión hipócrita), el personaje está
logrado y sostenido fielmente hasta el final.
Así exponen con humor los temores y lo temido, como si fueran dos caras
de lo mismo que subyacen en cada uno de nosotros.
Nea Rettagan
Ficha técnico artística : Dramaturgia: Christian García
Actuan: Luciana Caruso, Pablo Chao, Valeria Franchi, Christian García,
Mariano Gonzalez., Carla Pessolano, Malena Rago, Daniela Rico Artigas, Lisandro
Rodriguez, Juan Martín Viale
Maquillaje: Carla Pessolano
Diseño de vestuario: Paola Delgado
Diseño de escenografía: Javier Drogas, Juan Cruz Garcia Gutiérrez
Diseño de luces: Ricardo Sica
Fotografía: Micaela Ursomarzo
Asistencia de dirección: Fernanda Castello, Laura Nevole
Dirección: Christian García