
El mameluco naranja delata al loco escapado del neuropsiquiátrico.
La llave de tuercas mal usada -con la consecuente caída y pérdida
de los tornillos entre las maderas del suelo- corrobora la afirmación.
Pero hay algo en el tono de su voz que transmite cierta cordura de trabajador,
de esos que gustan de ser incoherentes todo el tiempo, pero no lo suficiente
como para terminar con una camisa de fuerza.
El ardor es una metáfora de los argentinos, ya sea como sociedad o
como individuos. D' Andrea busca exponer las contradicciones intrínsecas,
los chanchullos originarios, la corrupción que desde siempre formó
parte del barro del Río de la Plata, pero en clave de humor. Y esa
sátira toma forma a través de la ácida bilis de un hígado
convulsionado, que tratará de hacer todo lo posible para evitar la
expansión de ese estómago que -hinchado por la ingesta de un
locro bien criollo- buscará apoderarse de todo ese cuerpo, humano y
social.
La primera mitad de la obra mantiene al espectador ágil de mente y
de carcajada, en una sucesión de excelentes analogías que explican
mejor que Felipe Pigna la historia de la segunda mitad del siglo XX. Ya en
la segunda, con la introducción de otras voces a cargo del actor, la
trama se va desdibujando, para concluir en una anécdota sin fuerza
que podría haber dejado más. No obstante, El ardor es una buena
oportunidad de disfrutar de una muy buena actuación y una mejor utilización
del cuerpo y del espacio por parte del protagonista.
María Pilar González
Actor: Marcelo D´Andrea
Diseño de escenografía e iluminación: Ricardo Holcer //Realización de escenografia: Marcelo D´Andrea //Vestuario: Claudia Curetti //Asistente: Sergio Lapalma
Dirección: Ricardo Holcer