
La mirada de Dios -utilizando un juego de palabras surrealista- puede ser
definida como un cáustico monólogo dadaísta que, aunque
pretende no dar un mensaje, recae en una contradicción central que
quiebra y restaura lógicas al mismo tiempo. El objetivo es advertir
al público sobre lo peligroso del fundamentalismo como concepto en
sí, a través de una puesta maniquea que involucra el blanco
y el negro en escena y vestuario. Pero la meta última siempre queda
obstaculizada por los artificiosos y repetitivos movimientos y diálogos
de los actores, que hacen pensar más bien en la utópica máquina
de movimiento perpetuo que en una pieza sobre cómo en la vida cotidiana
nos vemos invadidos por ese fundamentalismo sobre el que se trata de reflexionar.
Como resultado, el espectador se ve asaltado por una serie de escenas ambiguas
e inconexas que -aún contando con la advertencia de los propios intérpretes
al inicio de la obra- no dan lugar a un completo disfrute. En medio de todo,
un videoclip con imágenes de "Un perro andaluz", "Fahrenheit",
"La Guerra de las Malvinas" y "USA vs John Lennon" entre
otros, se entremezcla con definiciones dignas de un noticiero de conceptos
como "fusilamento", "decapitación" o "electrocución",
deja a la audiencia abandonada a su suerte., que será retomada con
el paso a la puesta en negro, repetición o inversión del principio.
La mirada de Dios coquetea con el Génesis, el Holocausto, la locura,
la violencia y la vanguardia. El producto es una obra no apta para inciados,
onírica, surrealista y borgeanamente cíclica. María
Pilar González